Jerusalén se menciona tres veces en el Apocalipsis vinculada a una serie de atributos propios, de los cuales se tratarán dos, ‘nueva’ y ‘celestial’.
La nueva Jerusalén en el Apocalipsis no es una revelación, no es un sueño, sino un “éxtasis visionario”[1], una epifanía, cuando no teofanía, en sentido fenomenológico; pues en medio de las visiones septenarias la visión de la Jerusalén celestial hace parte de los septenarios centrales[2].
Esta visión es única en el Nuevo Testamento, si bien no se incluye una descripción del infierno como sí harán otros autores apocalípticos posteriores[3], la visión de la nueva Jerusalén (21.9-22, 5) así como la visión del nuevo mundo (21.1-8); se desarrolla en tres momentos[4]:
- Jerusalén desde afuera.
- Conducción al interior de la ciudad.
- Jerusalén como nuevo paraíso.
O en un tríptico estructural[5]:
- Presentación general de la ciudad (21.1-8).
- Descripción detallada de la ciudad (21.9-27).
- Enfoque sobre partes de la ciudad (22.1-5).
Entre las características teológicas de la ciudad misma está su trascendencia[6], es a la vez ciudad y reino de Dios, bajo la soberanía de Dios[7], es su gobierno, si bien no autocrático, el que está presidido, dirigido por y hacia Dios la que la hace trascendente a esta realidad histórica.
En el Apocalipsis se emplean imágenes, tradiciones y símbolos que en las Sagradas Escrituras judías hablaban de la restauración de la ciudad de Jerusalén después del exilio y que se van idealizando hacia una estado nacional judío, interpretado, entre los cristianos de manera escatológica en una nueva Jerusalén[8], en la que el pueblo de Israel no posee un carácter de estado nacional sino que está a la espera universal de la experiencia cristiana. Si bien es difícil postular que la nueva Jerusalén es una ciudad escatológica, puede entenderse por escatología “la esperanza en una acción futura y definitiva de Dios en favor de su pueblo”; pero la nueva Jerusalén no es un futuro utópico, humano o terrenal detrás de un ‘mundo feliz’, de una ciudad ideal o de la Iglesia futura, como muchos comentaristas, en especial medievales, postularon.
En esta nueva Jerusalén no hay mar[9], para algunos residencia simbólica del mal, un símbolo, ahora ausente, que se enfrenta con la morada de Dios entre los hombres[10], en una declaración de mutua relación y dependencia en la dual Dios es origen y fin de la humanidad, remitiendo directamente a Emmanuel, Dios con nosotros [11], “toda la ciudad está llena de su gloria y está abierta a todos los pueblos”[12]. tal apertura es la que aun hoy debe considerarse como una oportunidad, un desafío y una profecía para el presente.
[1] Cfr. VIELHAUER, Philipp, Historia de la literatura cristiana primitiva, Introducción al nuevo testamento, los apócrifos y los padres apostólicos, p. 514.
[2] Cfr. TUÑÍ, Joseph-Oriol y ALEGRE, Xavier, Escritos joánicos y cartas católicas, p. 240.
[3] Cfr. VIELHAUER, Philipp, Historia de la literatura cristiana primitiva, Introducción al nuevo testamento, los apócrifos y los padres apostólicos, p. 522.
[4] Cfr. GUTZWILLER, Richard, Los misterios del Apocalipsis, p. 242.
[5] Cfr. CUVILIER, Elian, Los Apocalipsis del Nuevo testamento, p. 54.
[6] Cfr. ASURMENDI, J. M., “La apocalíptica”, en SANCHEZ CARO, José Manuel (Coord.), Historia, Narrativa, Apocalíptica, pp. 531-532.
[7] Cfr. GUTZWILLER, Richard, Los misterios del Apocalipsis, p. 241.
[8] CUVILIER, Elian, Los Apocalipsis del Nuevo testamento, p. 54.
[9] AP 21.1b.
[10] Lev 26.11.
[11] Is 8.10.
[12] WICKENHAUSER, Alfred, El Apocalipsis de san Juan, p. 274.