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La concepción de Jesús en el “Jesús histórico”

En la teología moderna ha surgido una serie de estudios de tipo histórico sobre Jesús –as–, que con respecto a su concepción E. P. Sanders nos dice[1]:

  1. Los primeros cristianos no escribieron una narración de la vida de Jesús –as–, sino que más bien hicieron uso de unidades individuales —pasajes cortos sobre sus palabras y obras—, y de ese modo las conservaron. Estas unidades fueron más tarde cambiadas de sitio y organizadas por editores y autores. Esto significa que nunca podemos estar seguros del contexto inmediato de los dichos y hechos de Jesús –as–.
  2. Los primeros cristianos revisaron algunos materiales escritos y crearon otros en los Evangelios.
  3. Los evangelios fueron escritos de forma anónima, bien se sabe que los nombres son atribuciones, es decir que no fueron escritos por los mismos discípulos.
  4. El evangelio según Juan es muy diferente de los otros tres evangelios canónicos, y es principalmente en éstos donde debemos buscar información histórica sobre Jesús.
  5. Los evangelios carecen de muchas de las características de una biografía, y debemos distinguirlos especialmente de las biografías modernas.

Afirmaciones que bien leídas cambian mucho la visión de estos libros desde la historia. Según Hans Kessler, “que Jesús de Nazaret haya existido de hecho es algo que hoy no niega ya ningún historiador serio, cristiano o ateo”.[2]

P. Sanders, nos cuenta, sobre el nacimiento de Jesús:

“El año de nacimiento de Jesús no es absolutamente seguro. […] La mayoría de los estudiosos […] piensan que el hecho decisivo es que Mateo data el nacimiento de Jesús aproximadamente hacia el tiempo en que murió Herodes el Grande. Esa muerte tuvo lugar en el año 4 AEC, de manera que Jesús nació ese año o poco antes; algunos estudiosos prefieren el 5, el 6 o incluso el 7 AEC.”[3]

Para Esperanza Bautista, “la fecha exacta no tiene demasiada importancia, porque en el mundo antiguo casi nadie sabía la fecha de su nacimiento pues era algo que no importaba demasiado, así que lo más probable es que Jesús tampoco la conociese. Era hijo de María”[4].

Olegario G. de Cardenal, autor del libro Jesús de Nazaret, Aproximación a la cristología no dedica ni una sola página en las más de 600 páginas a preguntarse por la concepción de Jesús –as–, pero escribe:

Se debe distinguir claramente el Jesús terrestre, que vivió y murió; el Jesús confesado como Cristo e Hijo de Dios por la Iglesia, a partir de la resurrección; el Jesús histórico, que es una construcción de los investigadores. […]

El Jesús identificado con el Mesías de la Biblia y definido como Hijo de Dios en sentido específico (o metafísico) por la posterior Iglesia es el que constituye el contenido específico y el fundamento diferenciante de nuestra fe, que es fruto de la tradición eclesial, por un lado, y don de Dios, por otro. Este no puede ser demostrado ni fundado con categorías de la ciencia exacta ni por hermenéutica ninguna.

El Jesús llamado histórico es una construcción de los investigadores, realizada como fruto de un proceso de sustracción, es decir, por separación entre lo que hay de testimonio de fe y lo que hay de dato histórico en las actuales fuentes eclesiales. Tal Jesús no ha existido nunca. Su reconstrucción es artificial y está determinada por la sensibilidad de cada investigador.”[5]

Sin duda, la búsqueda del Jesús histórico es un problema de investigación que la teología cristiana enfrentará y del cual, posiblemente, se deriven nuevas visiones sobre la figura de Jesús –as– diferentes a las que el cristianismo ha representado en su teología.

[1] SANDERS, E. P. La figura histórica de Jesús, pp. 81-82.

[2] KESSLER, Hans, Manual de cristología, p. 52.

[3] SANDERS, E. P. La figura histórica de Jesús, p. 28.

[4] BAUTISTA, Esperanza, Aproximación al estudio del hecho religioso, p. 200.

[5] DE CARDENAL, Olegario, Jesús de Nazaret, Aproximación a la cristología, Prologo, p. XXIX.

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¿Q en arameo?

El testimonio en el siglo II de Papias y la interpretación de Schleiermacher en el siglo XIX de tal testimonio hicieron que investigadores como Julius Wellhausen defendieran un documento Q en arameo, previo al griego, idea a la que posteriormente renuncia el mismo investigador en 1911; pues escribía:

“Si estos dichos derivan de Q. esta fuente tuvo que estar disponible para ambos evangelistas todavía en arameo […]”. Y luego “[…] la traducción griega fue en un principio sólo una, pero luego se diversificó en distintas recensiones originadas a partir de correcciones ulteriores basadas, en parte, sobre el original arameo. […] Mateo y Lucas usaron recensiones distintas de Q”[1].

Así un investigador como J. S. Kloppenborg concluye: “la tesis de un origen arameo de Q es extraordinariamente débil”[2]; pues Q es un texto griego con un arquetipo griego subyacente a los evangelios de Mateo y Lucas que bien podría reconstruirse.

Luego, con la ‘Crítica de las formas’, Q fue tomado como un estrato, ante lo cual el teólogo Martin Dibelius –perteneciente a escuela de la historia de las formas (Formgeschichte)– abandonó la idea de un hipotético texto arameo subyacente al griego, además era muy escéptico ante la posibilidad de que Q fuera un documento griego tangible, por lo que escribía:

“El texto usado por Mateo y Lucas era griego, pues de lo contrario no se daría la coincidencia que de hecho se da entre ellos. […] los dichos fueron traducidos muy pronto al griego en el seno de una comunidad bilingüe y posteriormente esa traducción griega fue recopilada en territorios de lengua griega. Esta explicación de los hechos resulta más verosímil que la alternativa, a saber, una primera recopilación de dichos de Jesús en arameo, que habrían sido traducidos luego, como una colección, al griego. […]”[3]

Posteriormente, para Rudolf Bultmann Q fue un documento traducido de diversas maneras, este autor sigue la hipótesis de Wellhausen en 1905 del Q arameo y opina:

“Debemos concluir que Q, originalmente [está] escrita en arameo, fue traducida de diversas maneras al griego, pues es evidente que Mateo y Lucas tuvieron ante sí distintas traducciones de esta fuente”[4].

Como sea, durante la crítica de las formas, no se pensó en un arquetipo griego único de Q que pudiera reconstruirse. Por lo que desde Schleiermacher en 1832 hasta Harnack en 1907 se pensó en la existencia de un documento original en arameo, idea aun presente en autores de la segunda mitad del siglo XX como M. Black.

Dibelius opinaba que Q debía ser realmente no un texto único, sino un número indeterminado de textos separados y que era mejor pensarlo como un estrato en vez de como un texto escrito, mientras que Bultmann pensaba en un texto arameo con varias traducciones griegas, por lo que la posibilidad de una reconstrucción crítica de Q parecía haber sido definitivamente descartada.[5]

[1] J. Wellhausen, Einleitung in die dreis ersten Evangelien, Reimer, Berlin, 1905, p. 68 y p. 60 citados en ROBINSON, JAMES M., et al, El documento Q en Griego y en Español, con paralelos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Tomás, Introducción, p. 39.

1905, 68.

[2] J. S. Kloppenborg, “The language of Q”, en Excavating Q, 72-80, citado en ROBINSON, JAMES M., et al, El documento Q en Griego y en Español, con paralelos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Tomás, Introducción, p. 42.

[3] M. Dibelius, Die Formgeschichte des Evangeliums, 234-236, citado en ROBINSON, JAMES M., et al, El documento Q en Griego y en Español, con paralelos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Tomás, Introducción, p. 56.

[4] R. Bultmann, Die Geschichte der synoptische Tradition, 1921, citado en ROBINSON, JAMES M., et al, El documento Q en Griego y en Español, con paralelos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Tomás, Introducción, p. 58.

[5] Cfr. ROBINSON, JAMES M., et al, El documento Q en Griego y en Español, con paralelos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Tomás, Introducción, pp. 60-61.

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La concepción de Jesús en los Padres de la Iglesia

Junto a la época antigua de la teología cristiana, es decir la patrística, se encuentran una gran cantidad de herejías y sus respectivas apologías. La mayoría de éstas durante los siete primeros siglos de historia de la teología cristiana la mayoría son de carácter cristológico.

Por una parte, pueden mencionarse entre las herejías: el ebionismo, marcionismo, gnosticismo, arrianismo, adopcionismo, modalismo, apolinarismo, nestorianismo, monofisismo de Eutiques; inclusive algunas de estas herejías coinciden a grandes rasgos con la presentación que el sagrado Corán hará posteriormente del profeta Jesús –as–; por otra parte, entre las apologías, es decir, defensas, se encuentran las respuestas de Ignacio de Antioquia, Melitón de Sardes, Ireneo de Lyon, Tertuliano, Orígenes, Atanasio de Alejandría junto con los concilios ecuménicos de Éfeso (431), Calcedonia (451), en especial.

Sin duda, la teología cristiana de los primeros siglos se formó en debate con las herejías mismas; por esto y otras razones, el concepto de herejía es circunstancial y dependiente al concepto de Iglesia Católica o universal, en otras palabras, estas llamadas herejías poseen una gran cuota de verdad, en especial en lo referente a la cristología y muchas de ellas se conservaron gracias al Islam luego de la época antigua del cristianismo que tanto las persiguió.

Todos los territorios habitados por los Padres de la Iglesia y en el cual se desarrolló el llamado cristianismo primitivo ahora están habitados por mayorías musulmanas, excepción de Italia y España. En estos territorios se conservan varias de las iglesias y tradiciones llamadas orientales, por ejemplo, las copta, melvita, siria y armenia, y de las llamadas a sí mismas católicas como los maronitas, caldeos, alejandrinos, greco-ortodoxos, jacobitas y nestorianos.[1]

De seguido, se presentarán las opiniones teológicas en los autores más representativos de la teología cristiana antigua, también llamados “Padres de la Iglesia”.

Lactancio, escritor africano del siglo III, presenta la conexión entre la divinidad de Cristo y su concepción virginal:

“El Dios Padre, origen y principio de todas las cosas, como carece de padres, es llamado Ingénito, sin padre y sin madre; no fue creado por nadie. Convenía, por ello, que también su Hijo fuera sin padre y sin madre. En su primer nacimiento, espiritual, fue sin madre, porque fue engendrado solamente por Dios Padre, sin el oficio de una madre; en el segundo nacimiento, carnal, fue sin padre, porque fue concebido sin la intervención de un padre, en el seno virginal”[2].

La novedad de su nacimiento es aclamada por Gregorio de Nisa un gran Padre de la Iglesia oriental, greco-bizantina, novedad que es comparada con la visión de la zarza por parte del profeta Moisés –as–:

“¡Oh acontecimiento admirable: una virgen es madre, permaneciendo virgen! Mira el nuevo orden de la naturaleza. […] Del mismo modo que la zarza, aunque quemada por el fuego, no se consumió, igualmente la Virgen, engendrando la luz, no se corrompió.”[3]

El nacimiento de Jesús –as– fue un nacimiento diferente a cualquier otro, según Agustín quien reitera la divinidad de Jesús –as–, la mayor divergencia entre el cristianismo y el islam:

“La nobleza del nacido se manifestó en la virginidad de la madre, y la nobleza de la madre en la divinidad del nacido.”[4]

La heterodoxia en el cristianismo primitivo presentó la concepción y el nacimiento del profeta Jesús –as– de dos maneras posibles[5]:

  1. En latín: Ex María, en griego ek Marias, apo Marias; según los peratas, setianos, docetas, ofitas, basilidianos, el texto Pistis sophia y Justino gnóstico entre otros.
  2. En latín: Per Mariam, en griego dia Marias, según fibionitas, bardesanitas y valentinianos.

[1] Cfr. MAÍLLO SALGADO, Felipe, Vocabulario de historia árabe e islámica, pp. 278-287.

[2] Lactancio, Instituciones divinas, 4, 13: PL 6, 482-483.

[3] Gregorio de Nisa, Sermón sobre el nacimiento de Cristo: PG 46, 1136.

[4] AGUSTÍN, Sermón 200, 2: PL 38, 1029.

[5] Cfr. ORBE, Antonio, Cristología gnóstica, Introducción a la soteriología de los siglos II y III, volumen I, pp. 412-448.

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La Virgen María en el Islam

Maryam bint ‘Imran –María hija de ‘Imran– pertenecía al linaje de familia de Dawud –David–, una familia bondadosa y honrada entre los hijos de Israel –judíos–. En la Sura Al-‘Imran se dice que su madre la dedicó al servicio de Allah –sua– en el templo de la Casa Sagrada en Jerusalén. María era reconocida por sus actos de adoración y devoción a Allah –sua– y vivió bajo el cuidado de Zakariyya –Zacarías–, un Profeta de los hijos de Israel que vio asombrado los milagros que le sucedieron a María.

María ocupa un puesto único en el Sagrado Corán, es la única mujer mencionada por su nombre en esta última revelación en un total de 34 veces; si bien la presentación coránica de la mariología difiere de la teología y la historia cristianas; a pesar de ello María es clave para el diálogo ya que Allah –sua– propone a María como un modelo para los creyentes, lo cual le da un valor único para el diálogo entre creyentes.

En palabras del arzobispo Francesco Gioia, María “es el modelo de todos los creyentes por su fe absoluta y por su perfecta “sumisión” a la voluntad de Dios”. De hecho, el Concilio Vaticano II reconoce la cercanía musulmana a María en la Declaración Nostra Aetate: “ellos [es decir, los musulmanes] honran a la madre virginal [de Jesús], María, y en ocasiones la invocan con devoción”, debe aclararse que los musulmanes no adoran ni veneran a ningún profeta o santo ni siquiera a la virgen María, si bien los respetan a todos por igual y no estarán dispuestos a aceptar ninguna calumnia en contra de alguno de ellos.

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La concepción de Jesús desde el Evangelio según Lucas

1 En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

2 Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

3 Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

4 José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

5 para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

6 Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

7 y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. Lc. 2.1-7

Existen diferencias en el evangelio según Mateo y el relato que presenta el Evangelio según Lucas, en el cual se agrega la respuesta del ángel y el diálogo no se desarrolla desde la incapacidad para la procreación por la edad o la esterilidad –como en el caso de Abrahán –as– y Sara y el de Zacarías –as– e Isabel quienes tenían edad avanzada o la madre de Sansón que era estéril, sino desde la virginidad de María, tal como en el Sagrado Corán.

En el evangelio según Lucas, la paternidad divina, la virginidad de María y la promesa del ángel se encuentran íntimamente ligadas. Según algunos intérpretes, este relato del anuncio nació en un ambiente judeo-helenista, en donde los cristianos querían celebrar la concepción por obra de Allah –sua–, la filiación divina y el nacimiento virginal en un único relato.[1]

La primera intervención de María es una pregunta concreta. María no pide una señal, como en otros relatos de la anunciación, sino que pide una explicación debido a su estado de virginidad.

La concepción por obra del espíritu divino es un desarrollo ajeno del mesianismo judío y de la cristología de la Iglesia primitiva[2], es un misterio. Para algunos, al ser espíritu en hebreo un sustantivo femenino, no puede aplicarse como principio activo de la concepción, pero “Lucas escribe en griego, no en hebreo, y no está probado que haya usado ninguna fuente escrita semítica”[3].

Aquí el espíritu santo carece de artículo, como en la anunciación de Mateo (1.18), es fuerza y es espíritu, su fuerza desciende sobre la madre.

Otro aspecto importante en este relato es cuando se cierra el discurso del ángel, ya que el discurso termina de manera teológica presentando la figura de María; según J. Fitzmyer, “el rasgo más significativo de la personalidad de María, […] es su autodefinición como «la esclava del Señor»”[4], como en el Sagrado Corán.

En ambos evangelios se trata de la concepción virginal de Jesús, la pregunta era “¿fue concebido sin intervención de padre humano?”[5], luego, en el cristianismo posterior a la revelación se presentará la creencia de un nacimiento y de una concepción virginal, un nacimiento milagroso y sin dolor, como el en protoevangelio de Santiago, y la carta del Apóstol Pablo a los Gálatas (4,4-5).

La concepción virginal de Jesús –as– sólo se encuentra en los evangelios según Mateo y según Lucas que narran “textos independientes entre sí, con esquemas e intereses distintos”[6] y que, según la interpretación cristiana, estaría en concordancia, resonancia y rememoración de la Torá entregada a los judíos que en su Bereshit (Génesis) expresa:

Y la tierra estaba sin orden y vacía. Había tinieblas sobre la faz del océano, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Gen 1.2

[1] Cfr. BOVON, François, El Evangelio según San Lucas, tomo I, p. 107.

[2] Cfr. BOVON, François, El Evangelio según San Lucas, tomo I, p. 104.

[3] Cfr. ORCHARD, B. et al, Verbum Dei, Comentario a la sagrada escritura, tomo tercero, p. 574.

[4] FITZMYER, Joseph A., El Evangelio según San Lucas, II, p. 105.

[5] BROWN, Raymond E., El nacimiento del Mesías, Comentario a los Relatos de la Infancia, p. 541.

[6] DE CARDENAL, Olegario, Cristología, p. 423.